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El Sacromonte de Granada y el origen del Flamenco

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Según la tradición, las cuevas del Sacromonte fueron construidas y habitadas por los musulmanes hace más de quinientos años. Más tarde, tras la conquista de Granada, algunos moriscos aislados pero sobre todo, unos recién llegados –los gitanos–, las utilizaron como vivienda o refugio temporal. También muchos peregrinos de la Abadía se cobijaron en estos nichos, ocasionalmente. Sin embargo, desde el S. XVIII sus moradores habituales, y los que mayormente han contribuido a dar fama internacional a las cuevas, han sido los gitanos.

 

Si bien el Sacromonte tiene fama de ser un barrio puramente gitano, lo cierto es que en él habitan hoy gentes de todas las razas y condiciones, con una amplia e innegable base étnica gitana, ciertamente, pero tambiénpayam vocablo caló que designa a todo aquél que, sencillamente, no es gitano. Obviamente, tras seis siglos de cohabitación gitanos y payos han terminando creando estrechos vínculos, de forma más o menos natural, aunque con sus históricos tiras y aflojas. Fruto de esa comunicación entre culturas son los numerosos matrimonios mixtos, y sus frutos, los vástagos llamados tradicionalmente gallipavos, hijos de gitan@ y pay@, hijos de tan dulce mestizaje, que ha dado y dará -qué duda cabe- tantos grandes hombres y mujeres al futuro y la Humanidad.

 

 ¿Cuándo llegaron los gitanos al Sacromonte? 
La cuestión sigue siendo objeto de debate científico en la actualidad, y resulta imposible dar una respuesta definitiva. Tal vez para ello, haya que preguntarse antes cómo llegaron a España. Hasta hace poco tiempo, se mantenía la opinión de que el pueblo gitano procedía del Punjab, en India, en base a ciertas analogías entre su lengua y los idiomas indoeuropeos. Se supuso que los gitanos eran indoeuropeos y se les quiso encontrar incluso una supuesta ciudad originaria: Uttar Pradesh.

 

Pero tal hipótesis carece de base sólida. Aparte de que hubiera o no una ciudad gitana –otro tema– el problema radica en la cuestión lingüística: una misma lengua o hábitos pueden ser compartidos por dos grupos humanos étnicamente distintos, sin por ello ser forzosamente una sola etnia o “pueblo” unido. Los bereberes de Marruecos son una etnia distinta de la árabe, pero ambos grupos hablan la misma lengua, un dialecto del árabe clásico (darīya), y habitan el mismo estado–nación, Marruecos, bajo una misma fe, el Islam.

 

     El caso es que los gitanos parecen tener más relación con las antiguas poblaciones semíticas de Próximo oriente, como los hurritas de Mitanni (+–1500 a.C.) y los escita–sarmáticos instalados desde el I Milenio a.C. en Medio Oriente, llegando, tras una lenta migración, hasta el Valle del Indo. Los gitanos, por tanto, son pueblos semíticos. Cuando llegaron a la India, el romaní, su lengua, estaba aún en fase de formación y debió asimilar en el Indo gran parte de la fonética y gramática de los indoeuropeos. De ahí las similitudes entre lenguas indias y romaní. Pero poco más.

 

El Chorrojumo, el último

 

En época de los Reyes Católicos (1475–1516) los gitanos de España eran popularmente conocidos como “tribus egipcianas”, en recuerdo de su procedencia más inmediata.  Entre ellos, curiosamente, aún perdura el recuerdo de su paso por Egipto, y muchos aseguran –aunque sin mucho fundamento– estar emparentados con los faraones, como el famoso Chorrojumo, “último rey gitano de Granada”.

 

Parece ser que también hubo mucho de simpatía abierta entre los sefardíes –judíos hispanos– y los gitanos en su encuentro en la España medieval, pese a que los segundos eran cristianos desde antiguo. 
Los romaníes abrazaron el Cristianismo a principios de la Era Cristiana. Su conversión no fue ningún obstáculo para que adaptaran muchas de sus tradiciones culturales, de origen semita, a las nuevas leyes cristianas. Ese trasfondo semítico explica por qué los sefardíes y gitanos confraternizaron pronto, pero sobre todo la situación de marginación social, o de “ciudadanos de segunda” –sin plenitud de derechos civiles– era una característica compartida por ambos grupos, judíos y gitanos, que contribuyó a estrechar y afianzar sus vínculos; los judíos eran infieles, los segundos forasteros. En tales condiciones difícilmente podían hallar un hueco propio en la sociedad cerrada medieval.

 

 El flamenco es un género de música y danza nacido en Andalucía durante el siglo XVIII, basado en la música propiamente andaluza anterior, del siglo XV, de raíces fuertemente moriscas y árabes. De aquella música primitiva andaluza, o “morisca”, prácticamente no han quedado restos, pues como todo lo “moro”, fue perseguido por la Inquisición. Además, tratándose de una tradición de tipo oral y popular, raramente quedó fijada en pentagramas. Pero su esencia se prolongó y readaptó gracias a sus legítimos receptores: los gitanos del siglo XVIII. Los románticos extranjeros, entusiasmados con tan enigmático pueblo, consideraron a menudo al gitano como el más preclaro y genuino representante de lo “español”. Se sabe de la participación de los escritores Washington Irving o Thèophile Gautier en zambras clandestinas de Granada.

 

El problema del origen del término flamenco es de difícil respuesta; las primeras aproximaciones científicas rigurosas vienen del siglo XIX, un momento en que el flamenco como género estaba aún en fase de formación. Según Blas Infante, el “padre” del nacionalismo andaluz, el flamenco provendría de la expresión hispanoárabe fellah mengu, “campesino sin tierra”, en alusión a los moriscos que, integrados en comunidades gitanas –con quienes compartían el carácter de minoría marginal–, dieron su aporte arabizante al estilo, manifestación de su doloroso desarraigo cultural. Sin embargo Blas Infante no aporta pruebas documentales que corroboren esta hipótesis.

 

 Otras teorías, más poéticas, apuntan que el término deriva del peculiar amaneramiento propio de los cantaores y bailaores, parecidos en su gesto a los flamencos, esbeltas aves zancudas de elegante porte. Otras dicen que flamenco proviene de flama por la pasión “ardiente” con que se interpretan las piezas. Otra explicación más arriesgada sostiene que viene de una curiosa anécdota relacionada con los flamencos, habitantes de Flandes venidos a España formando parte del séquito o los funcionarios del emperador Carlos V. Don Carlos era flamenco –pues nació en Gante, en el año 1500–; al respecto se cuenta que se le honró con una fiesta de bienvenida en donde a los artistas se les instó a “bailar al flamenco”, o sea al rey homenajeado.

 

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 El cante, el toque y el baile son las principales facetas del flamenco, pero no menos la activa y constante interrelación artista–público, durante las actuaciones. En un espectáculo de flamenco, al contrario que en otras manifestaciones musicales en las cuales el público cumple un rol pasivo como “espectadores”, los músicos, cantaores y bailaores necesitan, de algún modo, precisan de la respuesta o el estímulo constante de su público. De ahí el “jaleo”, el conjunto de palmas, gritos, invocaciones y “olés” presentes en cada espectáculo; de ahí, también, la fuerte carga de espontaneidad que caracteriza al flamenco. La vergüenza desaparece, se disipan los miedos. Más allá del aplauso final, los asistentes participan, al “jalear”, en el desarrollo del espectáculo y en el buen hacer del artista. 
No es raro ver cómo en mitad de un corrillo, alguien se levanta, inesperadamente, y se “arranca” a cantar o bailar, libres de toda vergüenza o miedo al ridículo.
Y tú ¿te animas a un “jaleo”?
Fuente:www.losviajesdemilu.com
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